Trigésimo primera entrega de recopilaciones de tatuajes hechos en este veterano estudio de Granada, en la que tenemos una gran variedad de trabajos y comentamos algún tema relacionado con el mundo del tatuaje, ya sea del oficio en la actualidad, de su historia, de las distintas culturas a las que está arraigado, etc.
Uno de los temas de los no recuerdo haber hablado es de las cosas que más pueden molestar a un tatuador o de aquellas que no son convenientes hacer cuando se acude a un estudio de tatuajes.
En el capítulo “Tatuador y tatuado” del libro “Componiendo sobre el cuerpo” hablo de la conexión que se crea entre el usuario* y el aplicador* de la técnica, el vínculo de respeto y colaboración cuando la conexión entre ambos individuos es favorable.
Si esta conexión no se logra en principio no debería darse el acto de hacerse un tatuaje*. A pesar de lo comercializada que está esta forma de expresión artística no deja de tener para quienes se toman en serio el acto de tatuarse un carácter ritual muy profundo y significativo. El arte del tatuaje es un rito que ha surgido y florecido de manera independiente en todas las zonas y épocas del mundo.
En las sociedades donde más arraigado estaba el tatuaje se trataba de un cambio físico e interior muy serio y espiritual.
En algunas culturas sin embargo como en el antiguo oriente era utilizado como forma de castigo para los delincuentes, ya que a los individuos tatuados se les marginaba porque la gente sabía al ver sus marcas la clase de delito que habían cometido.
Incluso en la actualidad en Japón está prohibido entrar en las piscinas públicas si se luce un tatuaje. Aún así la juventud acoge esta técnica con un entusiasmo similar al resto del mundo, aunque en menor número por este tipo de restricciones.
Todo el mundo piensa que al ser el estilo japonés un tipo de tatuaje grande y muy relleno, en el que destacan las backpieces* y los body suits*, los japoneses en general van muy tatuados, pero no es así. De hecho los tatuajes en Japón tuvieron su auge durante el siglo XVIII precisamente como gesto de rebelión contra las rígidas leyes del régimen shogunista, inspiradas en el éxito de la traducción de la época de la novela china “Suikoden”, del siglo XII.
En todas las culturas y opiniones particulares acerca del tatuaje siempre vemos posturas bastante radicalizadas hacia un extremo u otro de la balanza. Aquí mismo en España apenas hace veinte años (que ya los lleva tatuando un servidor) que empezó a abandonarse el tópico del tatuador como delincuente. De una forma u otra, los coleccionistas de todas las culturas entienden el tatuaje como algo importante en su vida, incluso aquellos que parecen darle un uso un tanto más frívolo.
Es ahí donde quiero llegar cuando he dado este pequeño rodeo en la temática que acompaña esta recopilación. Había comenzado anunciando que en esta publicación iba a hablar de las cosas que le molestan a un tatuador o que no se le deberían hacer o decir.
Estamos de acuerdo en que se le de un carácter más frívolo o más espiritual el acto de tatuarse es un fenómeno de importancia. La importancia implica seriedad, y un acontecimiento serio requiere una actitud apropiada por ambas partes. Cuando dos personas consiguen ponerse de acuerdo para conseguir un objetivo común surge la colaboración y el comportamiento constructivo, que es el adecuado para conseguir un resultado óptimo.
La actitud incorrecta de alguna de las dos partes incapacita la buena resolución del proyecto e incomoda el ejercicio del arcano ritual del tatuaje que hoy en día vemos tan normalizado.
Por supuesto el no entendimiento entre el artista y el coleccionista* no es siempre culpa del cliente. Bien es cierto que cuando a algunos tatuadores no les cuadra un trabajo puedesn reaccionar de maneras muy diversas. Si es un tatuador con poca experiencia pondrá excusas, si es muy vanidoso desestimará la opinión del cliente, si es muy testarudo ni siquiera escuchará las indicaciones que se le dan.
Los tatuadores son también humanos, y cuando la fama o la popularidad o el simple ego soplan favorables no es extraño que la prepotencia surja en algunos artistas y traten de imponer su criterio o vacilen al usuario* por saber más que ellos sobre el tema. Evidentemente si eres tatuador es normal que sepas más de tatuajes que el cliente, pero eso no te da derecho a mediocrizar al cliente neófito o imponiendo tu criterio a expensas de las ideas propias que traiga el coleccionista.
Estas son algunas de las actuaciones reprochables en la actitud de los tatuadores, aunque en esta ocasión el tema que nos trae a cuenta es el comportamiento inadecuado por parte del cliente. Todo este tema se desarrolla en el artículo sobre la compatibilidad entre ambas partes.
El primer error que puede cometer un usuario y uno de los más graves es el de NO ESCUCHAR los consejos del tatuador tanto en lo referente a los problemas que pueda conllevar realizar el diseño tal y como lo quiere. Si un tatuador profesional te recomienda que cambies un diseño bien por tener detalles demasiados pequeños o por algún otro problema técnico del diseño que no sea el adecuado o la duración de este los más sensato es hacerle caso, ya que en este aspecto su experiencia sí que debe ser tenida en cuenta.
No es lo mismo imaginar algo que quede bien a que luego esto quede como uno piensa. En lugar de hacer caso al tatuador hay personas que acuden a unos y otros tatuadores hasta que alguno accede a hacer lo que se les pide, lo cual a menudo acaba en arrepentimiento cuando se dan cuenta de que los anteriores consejos estaban en lo cierto.
Tampoco es buena idea tratar de imponer los requisitos de hasta el último detalle del diseño. Querer controlar cada línea por donde pasa, cada pequeña sombra, absolutamente todo lo que vaya a ir en el tatuaje acaba con la paciencia del tatuador que ya no trabaja a gusto por la falta de libertad y de confianza concedida por el cliente.
Este suceso se acrecienta si el tatuaje exigido es además un plagio de otro tatuaje, en especial si es un trabajo grande. Cuando es un diseño pequeño, se puede acceder a cambiarlo un poco solamente, pero cuando a un tatuador se le pide un trabajo grande y se le quiere imponer que lo copie exactamente como en la foto que se le manda lo más habitual es que se niegue. Aún peor es el caso como me sucedió el mes pasado, que después de horas dedicadas a un diseño para un antebrazo completo surja el autoritarismo y la frase “Yo soy quien paga y tienes que hacerlo como yo diga”. Los que vayáis de ese palo podéis ahorraros vuestro tiempo y sobre todo el mío. Evidentemente cancelé la cita y perdí todo el trabajo avanzado. Somos artistas, no marionetas ni esclavos, no os equivoquéis.
Otra cosa que tampoco le sienta bien a un tatuador es la falta de puntualidad y de formalidad en las citas. Un tatuador en su estudio solo puede recibir a un cliente en una tarde o mañana si es un trabajo mediano o grande, y a un pequeño número si son tatuajes pequeños, necesita coordinarse con los clientes y que estos no le fallen. Si no acudes a una cita sin avisar o avisas con demasiada poca antelación le estás haciendo perder la jornada de trabajo, este negocio no es como un supermercado en el que todos pasan por caja en una fila ordenada, sino que hay que dedicarle tiempo y un trato personalizado a cada uno.
Es comprensible que a ningún tatuador le haga gracia el mamoneo con las citas, ya que esa tarde que ha perdido podía habérsela dedicado a otro cliente que tenga que esperar días, semanas e incluso meses para tatuarse. Los tatuadores somos autónomos, tenemos muchos gastos que cubrir (no todo el dinero es beneficio) y si no trabajamos no cobramos, un día perdido no se recupera.
Hablando de cobrar y con esto concluyo la charla de esta publicación recopilatoria otra cosa que evidentemente no nos gusta es que nos regateen el precio de los tatuajes. Cada tatuador tiene una calidad y un precio que conforman lo que llamamos su caché. Los mejores tatuadores tienen la suficiente clientela como para poder e incluso deber tener unos precios mayores que los más inexpertos o menos hábiles, a los cuales les queda ser más económicos para poder competir o al menos vivir de este oficio. Todos tenemos que comer y el mercado suele estabilizarse por sí solo.
Lo que ofende profundamente a un tatuador es que lo comparen con otros simplemente por el precio y no por la calidad. Al decirle que su trabajo es demasiado caro estás diciéndole que es menos artista que otros que sí lo valen, y al decirle que un chaval que se ha comprado una máquina y está empezando a hacer destrozos en su casa sin siquiera tener el título higiénico sanitario te cobra veinte euros estás queriendo poner a esta persona y sobre todo a su trabajo al mismo nivel que cualquier oportunista sin vocación ni talento.
Hay muchos estudios de tatuaje en Granada. Abren y cierran clínicas contínuamente y realmente no hay una diferencia de precios demasiado desmesurada. Yo me considero un tatuador quizá demasiado flexible y económico para la calidad de mi trabajo. Cuando pidas un presupuesto en un estudio si te parece caro no lo digas. Di que tienes que pensarlo y por curiosidad ve a otros estudios que tengan un reconocimiento y un prestigio similar y pide también un presupuesto, porque si da la casualidad de que se esté enrollando y tú encima lo llamas abusón tampoco va a sentarle bien.
Y si por suerte encuentras a alguien que tatúe mejor y más barato pues te quedas con él, pero no ofendas al trabajo de nadie por el precio si no sabes cómo se cotiza en el mercado este artículo que va a ser para toda la vida y que a día de hoy es considerado como un artículo de lujo.
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